El desperdicio alimentario en España sigue siendo un reto relevante, aunque con señales claras de mejora estructural en comparación con años previos. Según los últimos informes oficiales, en 2024 se desperdiciaron 1.125 millones de kilos o litros de alimentos y bebidas, lo que representa una reducción del 4,4 % respecto a 2023 y la cifra más baja desde 2016, consolidando una tendencia descendente de casi el 20 % desde 2020. Esto equivale a un desperdicio de aproximadamente 24,38 kilos o litros por persona al año, una proporción que, aunque todavía significativa, refleja un avance en la gestión y la concienciación social y empresarial.
Distintas iniciativas empresariales –por ejemplo, programas de donación y redistribución de excedentes en el comercio minorista– han conseguido incrementar la aportación de alimentos a colectivos vulnerables, con resultados positivos tanto para el aprovechamiento como para la reducción de emisiones asociadas al desperdicio.
Estas cifras y tendencias sitúan a España en un punto de inflexión, donde las políticas públicas, la Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario y la mayor conciencia colectiva confluyen para reducir de forma sostenida el desperdicio alimentario, aunque con desafíos pendientes en productos específicos y patrones de consumo que aún generan pérdidas significativas.
En este sentido, la Ley 1/2025, de 1 de abril, de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, marca un antes y un después en la gestión sostenible de los alimentos en España. Esta norma, que traslada a nuestro ordenamiento los compromisos de la Agenda 2030 y de la Unión Europea, exige a empresas de la cadena alimentaria diseñar e implantar un Plan de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario para minimizar el desperdicio y maximizar la eficiencia de los recursos alimentarios.
Este artículo te ofrece una guía práctica y detallada para crear un plan eficaz, alineado con la ley y con las mejores prácticas de gestión.
Un Plan de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario es un documento estratégico y operativo en el cual se analiza cómo, dónde y por qué se generan pérdidas y desperdicio de alimentos, se define acciones concretas para prevenir, reducir y gestionar excedentes y se establecen sistemas de evaluación, seguimiento y mejora continua.
Su propósito es evitar que alimentos aptos para consumo se conviertan en residuos, priorizando:
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La Ley introduce obligaciones para todos los agentes de la cadena alimentaria, incluyendo:
Estas obligaciones incluyen la elaboración y puesta en marcha del plan, así como el seguimiento de jerarquías de actuación para el uso de alimentos que no pueden evitarse como excedentes.
La elaboración de un Plan de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario requiere un enfoque sistemático que combine análisis técnico, planificación operativa y mejora continua.
No se trata de un documento meramente declarativo, sino de una herramienta de gestión que debe integrarse en la operativa diaria de la organización y permitir la reducción real y medible del desperdicio alimentario.
A continuación, te mostramos una estructura clara y practica para tu plan:
El primer paso consiste en delimitar con precisión el alcance del plan. Deben identificarse los centros de trabajo, procesos, líneas de producto y actividades que quedan incluidos, así como las interfaces con proveedores, distribuidores o entidades colaboradoras.
Paralelamente, se establecen los objetivos generales y específicos del plan, alineados con la estrategia corporativa y con los principios de la Ley 1/2025. Estos objetivos pueden formularse en términos de reducción porcentual del desperdicio, disminución del volumen de residuos alimentarios generados o mejora de la eficiencia en la gestión de excedentes.
Ejemplo práctico:
Una empresa de distribución alimentaria puede definir como alcance inicial sus plataformas logísticas y tiendas propias, estableciendo como objetivo reducir en un 20 % los productos retirados por caducidad en un periodo de dos años.
El plan debe contar con una estructura de gobernanza clara. Se designa un responsable del plan y se configura un equipo de trabajo con representación de las áreas implicadas: compras, producción, logística, dirección…
Este equipo será el encargado de coordinar las acciones, validar los indicadores, revisar los resultados y proponer mejoras, garantizando que el plan no quede aislado del sistema de gestión de la empresa.
Realizar un análisis detallado de todos los procesos relacionados con los alimentos desde su recepción hasta su salida del sistema:
Este mapeo permite visualizar los puntos críticos donde se generan pérdidas y desperdicios y comprender las causas estructurales que los provocan.
El siguiente paso consiste en medir y clasificar las pérdidas y el desperdicio. Para ello se recopilan datos históricos y se implantan sistemas de registro que permitan conocer:
Estos datos se convierten en indicadores clave que establecen una línea base sobre la que evaluar la eficacia de las acciones futuras.
Ejemplo práctico:
En un comedor colectivo puede detectarse que la mayor parte del desperdicio procede de bandejas devueltas con comida sin consumir, lo que permite vincular el problema al tamaño de las raciones y a la planificación de menús.
Una vez cuantificado el desperdicio, se analizan las causas que lo originan. Estas pueden clasificarse en causas de tipo:
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Este análisis permite definir y priorizar las actuaciones y asignar recursos de forma eficiente.
Se deben establecer, por tanto, medidas concretas orientadas prioritariamente a la prevención en origen. Entre ellas pueden incluirse:
Estas medidas se documentaran indicando responsables, plazos, recursos necesarios e indicadores de seguimiento.
La implantación del plan requiere su integración en los procedimientos internos. Para ello se actualizan instrucciones de trabajo, se definen controles operativos y se desarrolla un programa de formación dirigido al personal implicado.
La formación deberá incluir buenas prácticas de manipulación, almacenamiento, control de fechas de consumo, gestión de excedentes y sensibilización ambiental, con el fin de consolidar una cultura organizativa orientada a la prevención.
Se deben establecer mecanismos de seguimiento periódico que permitan evaluar el grado de cumplimiento de los objetivos y la eficacia de las medidas implantadas. Los resultados se documentaran mediante registros e informes que facilitaran la trazabilidad, la toma de decisiones y la demostración de cumplimiento ante auditorías o inspecciones.
El plan debe revisarse de forma periódica, al menos con carácter anual o cuando se produzcan cambios relevantes en los procesos, instalaciones o requisitos legales. Esta revisión permite actualizar objetivos, redefinir medidas y consolidar las mejores prácticas, asegurando que el sistema evoluciona y mantiene su eficacia en el tiempo.
Diseñar e implantar un plan de prevención no sólo ayuda a cumplir con la ley, sino que ofrece ventajas tangibles:
La elaboración de un Plan de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario conforme a la Ley 1/2025 es una oportunidad estratégica para cualquier empresa del sector alimentario. No se trata sólo de cumplir con la normativa, sino de incorporar una cultura de eficiencia, sostenibilidad y mejora continua que aporta valor económico, social y medioambiental.
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